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Publicando las vidas de los profesores, que ejercitaron en España las bellas artes, debo enterar a mi lector, así de la razón que tuve para emprender esta obra, como de la diligencia que puse y de los medios que empleé en perfeccionarla: en lo cual no tanto trataré de recomendar mi trabajo, cuanto de llenar la obligación que se impone cualquier escritor, que desea la instrucción y aspira al aprecio del público.

Aficionado desde mi primera juventud a las artes del dibujo, y acostumbrado a tratar frecuentemente con sus profesores, sentí desde muy temprano el más vivo deseo de promover entre nosotros su ejercicio y aprecio; y bien cierto de que nada contribuiría tanto a este fin como el honor dado a los artistas distinguidos, concebí, mas habrá de veinte años, el designio de recoger y publicar estas memorias. Cuando dijo Cicerón que el honor era el alimento de las artes, pronunció una de aquellas sentencias que por su verdad y buen sentido están destinadas a pasar en proverbio entre las naciones cultas. Mas yo veía que esta máxima, aunque repetida a cada paso en España, como en otras partes, era más bien creída que observada. Veía que la afición a las bellas artes, y la estimación de sus obras, estaba reducida a tal cual persona de buen gusto que tenía la fortuna de sentir sus bellezas; y que si alguna se distinguía en el empeño de recompensar dignamente, y de honrar y acariciar a los artistas, era señalada con el dedo, como si esto fuese una extravagancia. Veía finalmente, que mientras el menor grado de excelencia en literatura y en otras profesiones menos distinguidas se ensalzaba y recomendaba con afectación, multiplicándose cada día a este fin las bibliotecas y las biografías, el genio de los artistas tenía que contentarse con la privada aprobación de sus pocos apasionados, y apenas podía esperar alguna gloría del juicio incierto y tardío de la posteridad.

Verdad es que las bellas artes habían tenido también su cronista en D. Antonio Palomino y Velasco, cuya obra había yo leído muchas veces y examinado con gran detención; pero ella misma daba mayor estímulo a mis deseos, porque sin negar a su digno autor el reconocimiento que le es debido por su amor a las artes, su celo en promoverlas, y su diligencia en recoger las memorias de los artistas, ¿a quién se puede esconder la escasez e imperfección de su obra en la parte biográfica? Palomino escribió con pocos auxilios: apenas hizo otra cosa que compilar las tradiciones de su tiempo: aun en esto anduvo muy escaso; y sobre no haber podido ilustrar los hechos ni fijar su cronología, tuvo la desgracia de dar acogida a las fábulas y cuentecillos, que con tanta facilidad se introducen y difunden en el vulgo de los aprendices y maestros. Fuera de que las vidas de los artistas entraron en la obra de Palomino como un accesorio, o parte menos principal de su plan, el cual se dirigía especialmente a exponer los principios teóricos y las reglas prácticas de la pintura. Esta sola llevó también su atención en la parte historial de su obra pues mientras escribió muy a la larga las vidas de algunos pintores, es muy poco lo que nos dejó dicho de los escultores y arquitectos, y nada, o casi nada de los grabadores y profesores de otras artes pertenecientes al dibujo, cuyas obras excelentes eran no menos dignas de memoria.

Por último, ¿quién de los que han leído a Palomino no habrá reparado en la poca critica con que escribió las vidas de nuestros pintores? ¿En la uniformidad de sus juicios? ¿En la generalidad de sus alabanzas? ¿Y en otros defectos a que le arrastraron la bondad de su carácter y el mal gusto de su tiempo? Yo en esto no insistiré, porque no parezca que quiero rebajar su mérito para ensalzar el mío; pero la simple lectura de mi obra hará conocer cuánto dejó que trabajar Palomino acerca de este punto.

Resuelto, pues, a imitar el celo y a evitar las faltas en que incurrió este biógrafo, me di a recoger de nuevo las noticias de los profesores que habían ejercitado en España cualquiera de las bellas artes, por todos los medios que estuvieron en mi mano, y cuya exposición haré sencillamente para instrucción de mis lectores.

Empecé mi trabajo por la lectura y extracto analítico de todos los libros españoles y algunos extranjeros que directa o accidentalmente trataron de las bellas artes, ordenando por nombres, fechas y profesiones sus noticias, para asegurar la cronología y evitar confusión. Ya se ve que en este trabajo cuidaría de aprovecharme de las luces que había recogido Palomino, a quien no debo negar que es debida alguna parte de mi colección; como lo es también a la diligencia del ilustre viajero, que por su celo infatigable hacia las artes españolas, supo hacerse tan acreedor a la gratitud y al respeto de sus apasionados. Así que el Museo pictórico de D. Antonio Palomino y el Viage de España de D. Antonio Ponz fueron el principio y término de esta parte de mi trabajo, útil a la verdad, pero también muy penoso (1).

Cuidé después de buscar cuantos escritos inéditos hubiese en esta materia para extractar sus noticias; y entre lo poco que hay de esta especie tuve la buena dicha de hallar el libro manuscrito De la pintura antigua, escrito en portugués por Francisco de Holanda, pintor del rey de Portugal, y traducido al castellano por Manuel Denis año de 1585 (2): los apuntamientos originales de D. Lázaro Diaz del Valle (3) y de los dos Alfaros (4), de donde había tomado Palomino mucha parte de sus artículos (5) sin disfrutarlos del todo: las memorias auténticas de la antigua academia sevillana (6): y otros manuscritos muy apreciables por la abundancia y autenticidad de sus noticias (7).

Mas a pesar de esta abundancia siempre echaba de ver la necesidad de completarlas por otros medios, si no penosos, por lo menos más difíciles para mí, pues que ya no bastaba contar con mi propia diligencia y trabajo, sino que era menester asociar los de otras personas y que solo por urbanidad y amor a las artes querían prestarme algún auxilio.

No era difícil adivinar que las más apreciables memorias de nuestros artistas dormirían en los archivos de las iglesias, monasterios, ayuntamientos y cuerpos públicos con las contratas celebradas para las obras de adorno. ¿Pero qué manos serían capaces de sacarlas de tantos, tan dispersos y tan cerrados depósitos?

Con todo, sin desmayar por esta dificultad, y lleno de confianza en mis amigos y en los de las artes y las letras, acometí tan ardua empresa. Reconocí por mí mismo todos los archivos (8) que me proporcionó mi permanente o casual residencia en varias ciudades de España: obtuve del favor de algunos amigos y literatos que reconociesen otros muchos (9), y me franqueasen sus apuntamientos, y por este medio enriquecí mi colección con un gran número de artículos del todo nuevos, y logré ilustrar los demás, de una manera que solo puede explicar mi misma obra.

Aumentada así su materia, restábame todavía examinar por mí propio las obras originales para descubrir sus autores, ya fuese por las firmas y signos que dejaron en ellas, o ya por su estilo y manera, comparados con otras ciertas y conocidas de la misma mano. Los profesores y amantes de las artes saben cuánta luz se puede adquirir por este medio, que a los que no lo son parece tan aventurado.

He visto muchas veces reír y ridiculizar esta especie de conjeturas, acerca de las cuales sucede a los artistas lo que a los filólogos en materia de etimologías. Porque algún otro pedante, llevado solo del sonsonete, da a las palabras de su lengua derivaciones forzadas y estrambóticas, es demasiado común el desprecio con que se habla de la etimología, como de un arte puramente divinatoria y ridícula; y sin embargo no se puede dudar, que en cada lengua hay ciertos principios o cánones, tomados del conocimiento histórico de sus orígenes y de la observación del órgano vocal de los pueblos que la hablan, que bien seguidos por los juiciosos eruditos, son de un efecto seguro, si no infalible, para determinar las verdaderas raíces de sus palabras.

Otro tanto en las artes. Algún charlatán inexperto, llevado de las más ligeras analogías, suele bautizar con los nombres de Ribera o Murillo, de Monegro o Becerra los cuadros o estatuas más ajenas del estilo y carácter de estos profesores; y he aquí, que de tal cual ejemplo de esta especie se deduce luego con demasiada generalidad la insuficiencia de este método de investigar, y su menosprecio.

Pero el sabio y juicioso observador de las obras del genio sigue en este punto indicios, tanto más correctos, cuanto son más en número los puntos de analogía y semejanza. Estos puntos o extremos, aunque imperceptibles a los que no están acostumbrados a buscarlos, se presentan con mucha claridad al ojo hecho a analizar las obras y a compararlas, porque la manera de los artistas se extiende a muchos objetos, y se puede señalar muy decididamente en uno u otro. La composición, el dibujo, el colorido dejan ver a cada paso los grupos y actitudes que adoptó, las formas, proporciones, escorzos y partidos que amó, las tintas, los colores locales, los claros y las sombras que prefirió cada autor. Los paños, la vagueza, el ambiente, los accesorios y otros mil accidentes descubren también la manera de los autores. Y sobre todo si el artista tiene un carácter decidido, como sucede a cuantos llegaron a alguna excelencia, no puede dejar de conocerse en el vigor o debilidad, en la osadía o timidez, en la impaciencia o lentitud de su pincel o cincel, y en un cierto gusto de tocar o expresar, de acelerar o corregir, de concluir o abandonar su trabajo, que no puede esconderse al observador inteligente. Así que, mientras el más vulgar aficionado distingue el descarnado dibujo y ceniciento colorido del Greco de la dulce y delicada manera de Vicente Joanes, el diestro profesor sabe discernir a la primera ojeada la fuerza y el ambiente de Velázquez de la gracia y carnes de Murillo, y la exactitud en los extremos de Alonso Cano de la naturalidad y fisonomías de Gregorio Hernández [Fernández].

Por mi parte reconozco de buena fe, que debí a este recurso mayor fruto del que al principio me prometía, pues que a fuerza de continua y cuidadosa observación, y al favor de aquel tino y discernimiento, que suele dar el hábito de analizar, logré, no solo distinguir las copias de los originales, y las obras genuinas de las apócrifas y supuestas de cada autor, sino también determinar la mano de muchas obras, antes anónimas y desconocidas. Y como mis diferentes viajes y destinos me hubiesen presentado sucesivamente la ocasión de reconocer y observar cuantas obras de algún mérito existen en Cádiz, Sevilla, Córdoba, Badajoz, Granada, Murcia, Valencia, Valladolid, Toledo, Madrid y Sitios reales, ya expuestas al público, ya guardadas en colecciones y casas particulares (10), pude dar por este medio no poco aumento y mucha certidumbre y autoridad a mis noticias.

Por último, apurados todos estos recursos, ocurrí a la tradición, inquiriendo con gran cuidado, así de los aficionados, como de los artistas ancianos, que tuve ocasión de tratar en varios pueblos de España, cuantas noticias conservaban y quisieron franquearme acerca de las obras de sus maestros, discípulos y contemporáneos, y procurando ilustrar sus relaciones con la averiguación de la patria, nacimiento y muerte de los artistas a que se referían, ya por los libros parroquiales, ya por los protocolos públicos, y ya por otros medios que me venían a la mano. Y debo también confesar que mis descubrimientos se adelantaron mucho por este medio, singularmente en los tiempos a que no alcanza la obra de Palomino, y que comprehenden los artistas de alguna nota que pertenecen a nuestros días. De forma, que por mi frecuente conversación con estas personas, por mi correspondencia con otras, por el auxilio de mis amigos, por el favor que me proporcionaron de los suyos, y por una constante, si me es lícito decirlo así, importuna y porfiada diligencia en seguir y adelantar este trabajo, logré una colección de noticias tan abundante, que si en esto solo se cifrase el mérito de mi obra, pudiera lisonjearme con el público de que le ofrecía la mejor que era de esperar en la materia.

En ella encontrará no solo la noticia de los artistas que se distinguieron en la pintura y escultura, sino también la de los miniadores, grabadores en hueco y de láminas, plateros, imagineros en vidrio y bordado, y hasta de los rejeros; porque no quise negar su justo elogio a ninguna de aquellas artes, en que de cualquier modo pueden brillar el genio y la pericia del dibujo.

Con todo no encontrarán mis lectores las vidas de nuestros arquitectos; y esta es la ocasión de enterarles, por qué entre tantos artistas no fueron comprehendidos.

Fuéronlo por cierto en mis investigaciones, así como los otros profesores de las bellas artes; pero confieso que nunca me resolví a darles lugar en la publicación de mi obra. Por lo mismo que la arquitectura sobrepuja a las demás en la necesidad, la importancia y los varios destinos de sus obras, me parecía que las memorias de sus profesores pedían un trabajo separado y más detenido. Prescindiendo del carácter peculiar que presenta la arquitectura griega, la llamada gótica, la árabe, y la restaurada del primer tiempo, a que el señor Ponz dio el nombre de plateresca, el arte que en general se aleja demasiado por su índole de todas las bellas artes, si de una parte se levanta por la sublimidad de sus teorías al nivel de las más altas ciencias, de otra vemos, que reducida a un puñado de reglas prácticas y triviales, se sume y confunde entre los oficios del más sencillo y grosero mecanismo. La grandeza misma, la muchedumbre y la publicidad de sus monumentos, pertenecientes a tan distintas edades, levantados en tan distintos puntos, y dedicados a tan diferentes usos, dificultaban también en gran manera, así la averiguación de sus autores, como la calificación de su mérito. Y por último dividida en tantos ramos, en que ni tiene por objeto la imitación, ni por término el placer, me parecía sumamente arduo discernir y fijar el atributo que debía adjudicar a sus autores mi obra. Porque ¿cómo me atrevería yo a excluir de ella los arquitectos militares, los hidráulicos, los de puentes y calzadas, y otros semejantes, ni tampoco a incluir a los meros maestros de obras, aparejadores y albañiles?

Por dicha, los deseos del público no quedarán defraudados en esta parte, pues mientras más vacilaba yo, detenido en tan justas consideraciones, supe que una mano más diestra había acabado ya tan ardua empresa, y que las memorias de nuestra arquitectura estaban escritas por un literato, cuyo nombre solo les da la más alta recomendación. Años ha que el excelentísimo señor D. Eugenio Llaguno había desempeñado este trabajo, de que yo tuve la primera noticia por una de las notas al elogio de D. Ventura Rodríguez, publicado en 1790 (11), en que tan justamente se ensalza su mérito. Posteriormente he logrado ver y disfrutar este precioso manuscrito, en que los aficionados a la arquitectura tendrán algún día el placer de leer unas memorias, que en nada desmienten la exquisita erudición, y el delicado gusto que su sabio autor acreditó en varias obras, que ya disfruta el público. Y si yo fuere capaz de concurrir en alguna pequeña parte a su ilustración con las noticias, que mi diligencia pudo descubrir, las agregaré con el mayor gusto en crédito de mi veneración a la memoria de tan respetable caballero y de mi reconocimiento a las honras que me dispensó en su vida. ¡Ojalá que otra pluma, encargada de compilarla, describa a la posteridad las prendas y virtudes que la adornaron y que reclaman para este digno sujeto el más distinguido lugar entre los hombres beneméritos de la nación, de la literatura y de las artes!

He aquí la razón de lo que contiene y aun de lo que no contiene mi obra. Réstame ahora darla del orden en que he distribuido sus noticias.

Concluido que hube mi colección, si tal puede decirse de una empresa que es de suyo inagotable, y en que la casualidad y el estudio presentan cada día nuevos descubrimientos, solo faltaba determinar la forma en que había de salir al público. El orden cronológico que quiso seguir Palomino, y que sin duda era el que debía preferirse, si se tratase de publicar una historia, parecía poco acomodado a una biografía, especialmente cuando ni era posible fijar todas las fechas del nacimiento y muerte de los artistas, y cuando la simultaneidad en que coincidían muchas de ellas, hacían ambiguo y embarazoso este orden. El geográfico no presentaba ventaja alguna, y sí mayor dificultad y estorbo por la dispersión de las obras y de los hechos relativos a ellas. Y aunque el orden doctrinal o de escuelas parecía conveniente y perspicuo, siendo aquel en que las noticias no pueden estar tan bien averiguadas, ni ser tan exactamente discernidas, tampoco fue posible adoptarle. Preferí, pues, el orden alfabético, colocando todos los autores en una lista de apellidos, según nuestro abecedario, por ser el más ordinariamente seguido en las bibliotecas y biografías, por la ventaja de poder extender o ceñir sus artículos, según que el mérito y copia de noticias de cada autor lo requiriesen, y por la facilidad de encontrar las que ofrece un diccionario.

Y para no defraudar al público de las ventajas de los otros métodos, procuraré suplirlas por los medios siguientes: 1º formando listas cronológicas de los profesores de cada arte: 2º formando otra geográfica de los principales pueblos de España, en que se hallan las obras más señaladas de los diferentes autores, con referencia a sus artículos en el diccionario; y sería el 3º formando a costa de gran diligencia y trabajo seis árboles genealógicos de doctrina artística, tres pertenecientes a los pintores y tres a los escultores, en los cuales se vería la derivación de la enseñanza de estas dos principales artes: 1º en los antiguos reinos de Castilla y León: 2º en la corona de Aragón y reinos de Murcia y Navarra: 3º en los cuatro reinos de Andalucía y confín meridional de Extremadura; y aunque tengo trabajados estos dos últimos, no me determino a ofrecerlos al público, ni tampoco los restantes, por las grandes dificultades que noto en poder verificarlo por mis ocupaciones, y porque salen de un tamaño demasiado grande para acomodarlos al último tomo. Se publicarán en él solamente por ahora las expresadas listas, y se añadirá por vía de apéndice cualquier artículo o noticia que posteriormente descubriere yo, o se me comunicare, que de esperar es, que los verdaderos amantes de las artes quieran concurrir a la ilustración y perfección de un trabajo, que está única y enteramente consagrado a su gloria.

Tal ha sido la diligencia que he puesto para perfeccionar esta obra, y que expongo en obsequio del público en prueba de mi buen deseo, y no para preocupar su juicio acerca de ella; porque sé muy bien que tiene derecho a apreciarla solo por lo que valga, y no por lo que me haya costado. Pero sé también que no podrá desagradarle, que entre tantos como escriben e imprimen para vivir y enriquecerse a su costa, haya algunos que trabajen con aplicación y buen celo en instruirle y deleitarle.

Y si alguno me preguntare ¿por qué con tan copiosa materia, ya reducida a orden, ya más ilustrada con las noticias históricas y observaciones técnicas, que van sembradas en los artículos principales de mi diccionario, no me resolví a escribir la historia analítica de las artes españolas? le diré francamente, que sin ceder a nadie en el celo y constancia que tal empresa requería, nunca me presumí enriquecido con el gran fondo de ingenio, erudición y gusto, que eran necesarios para descubrir y seguir el origen y progresos de la buena doctrina artística de tantas profesiones, y las varias fuentes de su decadencia y corrupción. Diré que en la introducción que sigue se hallarán echados los cimientos de esta grande obra. Y diré en fin que contento con haber formado el plan y recogido los materiales, cedo gustoso a otra mano más diestra y atrevida la gloria de levantar el edificio.

Est quadam prodire tenus, si non datur ultra.  HORAT. Epist. I. ad C. Ciln. Maecenat.

(1). Además de los dos tomos del Museo pictórico de D. Antonio Palomino, impresos en Madrid, el primero en 171 5 y el segundo en 1724, y de los veinte del Viage de España y fuera de ella de D. Antonio Ponz, que se imprimieron en esta corte desde el año de 1772 hasta el de 94, he extractado en la parte que me interesaba los libros castellanos siguientes:

Las Medidas del Romano por Diego de Sagredo, impreso en Toledo el año de 1526: la Anatomía del cuerpo humano por el Dr. Juan de Valverde, Roma 1554: el Tercero y quarto libros de Arquitectura de Sebastian Serlio, traducidos por Francisco de Villalpando, en un tomo, Toledo 1569: el Quilatador de oro y plata, Valladolid 1572, y la Varia conmesuracion, Sevilla 1585, ambos por Juan de Arfe y Villafañe: el Libro de la Montería del rey D. Alonso el XI, publicado y añadido por Argote de Molina, Sevilla 1582: Regla de las cinco órdenes de arquitectura de Jacome de Vignola, traducido por Patricio Caxesi, Madrid 1593: la Noticia general para la estimación de las artes, por el Lic. Gaspar Gutiérrez de los Ríos, Madrid 1600: el tercer tomo de la Historia de la orden de S. Gerónimo, que contiene la descripción del monasterio de S. Lorenzo el real por el P. Fr. Josef de Sigüenza, Madrid 1605: los Discursos apologéticos en que se defiende la ingenuidad del arte de la pintura por D. Juan Butrón, Madrid 1626: los Diálogos de la pintura por Vincencio Carducho, Madrid 1633: el Arte de la pintura por Francisco Pacheco, Sevilla 1649: Principios para estudiar el nobilísimo arte de la pintura por D. Josef Garcia Hidalgo, Madrid 1691: la Descripción del Escorial por el P. Fr. Francisco de los Santos, Madrid 1698: las Obras de D. Antonio Rafael Mengs, Madrid 1780: los Comentarlos de la pintura que escribió D. Felipe de Guevara y publicó D. Antonio Ponz, Madrid 1788; y en fin las constituciones y actas de las academias de S. Fernando en Madrid, de santa Bárbara y de S. Carlos en Valencia, de S. Carlos en México y de S. Luis en Zaragoza; y de las escuelas de dibujo, establecidas en Sevilla, Barcelona, Cádiz, Granada y en otras ciudades del reino. En italiano: las Vidas de los pintores, escultores y arquitectos por Jorge Vasari, última edición, en Siena el año de 1794 en once tomos con muchas notas y adiciones por el P. M. Guillermo de la Valle: el Tratado del arte de la pintura, arquitectura y escultura de Juan Pablo Lomazo, Milán 1585: Idea de los pintores, escultores y arquitectos del caballero Federico Zucaro, Turin 1607: las Vidas de los pintores, escultores y arquitectos por el caballero Juan Balloni, Roma 1642: las Maravillas del arte, o las vidas de los pintores venecianos por el caballero Cárlos Ridolfi, Venecia 1648, dos tomos: las Vidas de los pintores, escultores y arquitectos modernos por Juan Pedro Bellori, Roma 1672, dos tomos: las Vidas de los pintores, escultores y arquitectos genoveses por el señor Rafael Soprani, Génova 1674: Felsina pitrize, vidas de los pintores boloñeses por el conde D. Carlos César Malvasía, Bolonia 1674, dos tomos: Noticia de los profesores del dibujo desde Cimabue hasta ahora, Florencia 1681, cuatro tomos: Academia del nobilísimo arte de la pintura, que contiene las vidas de 400 pintores por Joaquin de Sandrart, Norimberg 1683: Vidas de los pintores, escultores y arquitectos modernos por Leon Pascoli, Roma 1730, tres tomos: el Abecedario pictórico por el P. Orlandi, Nápoles 1733: Vidas de los pintores, escultores y arquitectos napolitanos por Bernardo de Dominici, Nápoles 1742, dos tomos: Noticias históricas de los grabadores por Juan Gori Gandellini, Siena 1771, tres tomos: Serie de los hombres más ilustres en la pintura, escultura y arquitectura desde la primera restauración hasta el tiempo presente por unos anónimos, Florencia desde 1769 a 75, doce tomos. En francés: las Conversaciones de Mr.Felibien sobre las vidas de los artistas, Trebouse 1725, seis tomos; Tratado de la pintura y escultura por Mres. Richardson padre e hijo, Amsterdam 1728, cuatro tomos: la Vida de los pintores flamencos, alemanes y holandeses por J. B. Descamps, Paris 1753, cuatro tomos: Diccionario portátil de la pintura, escultura y grabado por D. Antonio Josef Pernecty, Paris 1757: el Arte de pintar, poema por Mr. Watelet, Paris 1760: todas las Obras de Mr. de Piles, inclusa la traducción que hizo del arte de la pintura, poema en latín, de Du-Fresnoy, Paris 1767, cinco tomos: Compendio de las vidas de los más famosos pintores por un anónimo, Paris 1762, cuatro tomos: Historia del arte entre los antiguos por M. J. Winckelman, traducido del alemán, París 1765, dos tomos: la Pintura, poema por Mr. Le Mierre, Amsterdam 1770: diferentes obras que conciernen a las artes por Mr. Falconet, Paris 1787, tres tomos: Diccionario de las artes de pintura, escultura y grabadura por M. Watelet y M. Levesque, Paris 1792, cinco tomos.


(2).  El mérito y circunstancias de Francisco de Holanda, y el de su manuscrito, constan en el artículo que tiene en este diccionario; y es el tratado de pintura más interesante que tenemos en nuestro idioma. Le posee la biblioteca de la Real Academia de S. Fernando, y sería muy útil su impresión.


(3).  Este escritor fue cronista de los reinos de León y Castilla, y de muy extendidos conocimientos, según el gusto de su tiempo: muy buen dibujante, pues se conservan de su mano un correcto dibujo a la pluma del rey D. Pelayo, muchos y buenos escudos de armas y adornos, que hacía para sus empresas y árboles genealógicos: decente poeta, pues componía sonetos en loor de los artistas; y amigo de los que vivían entonces en el reino. Posee este manuscrito D. Joseph Ruenes, académico de la historia, sujeto muy recomendable por su instrucción, buen gusto en ciencias y artes y escogida librería, a cuya generosidad debemos una copia de él.


(4). D. Juan de Alfaro, pintor cordobés, era también literato y poeta, como se dice en su artículo; y habiendo aprendido a pintar con D. Diego Velázquez, se dedicó a juntar muchas noticias de su vida y obras, que ordenadas por su hermano el doctor en medicina D. Henrique de Alfaro, formaron un libro tan prolijo, como impertinente. Por él trabajó Palomino la vida de Velázquez; mas yo para confirmar los hechos y añadir otros más interesantes, recurrí a instrumentos originales. No se puede negar que D. Juan era curioso e investigador, por lo que adquirió un discurso manuscrito De la comparación de la antigua y moderna pintura y escultura, en que se trata de la excelencia de las obras de los antiguos, y si se aventajaban a las de los modernos, que escribió Pablo de Céspedes el año de 1604 en Córdoba a instancias de Pedro de Valencia; y otro incompleto sobre el templo de Salomón, que habla del origen de la pintura por el mismo autor. Los copió con limpieza y adornó con notas históricas de artistas españoles y extranjeros, y los dedicó a la duquesa de Bejar. Tengo copia de todo, y había pensado añadirlo al artículo de Céspedes; pero siendo demasiado largo, lo dejé para otra ocasión, porque es muy digno de la luz pública.


(5). Ya confiesa el mismo Palomino en el preludio que escribió, a las vidas de los pintores, cuanto le sirvieron estos manuscritos de Valle y Alfaro; y aunque dice del primero, “que por ser tan desaliñado (como no era de la profesión) ha sido menester fundirlo para vaciarlo", tomó tan exactamente sus noticias, que sin embargo del desaliño, copió al pie de la letra las vidas de Juan de Toledo, de Escalante, de Cárdenas, de Pereda, de Francisco Camilo, de Eugenio de las Cuevas, de Antonio Arias, de Cano y de otros de su tiempo. Y más valiera que hubiese hecho lo mismo con las de Cristóbal Acevedo, Miguel de la Cruz, Mateo Gallardo, Lupicino, Francisco de Burgos Mansilla, Francisco Gutiérrez, Juan de Licalde y Urzanqui, que refiere Valle y desprecia Palomino, siendo más acreedores a su memoria, que otros muchos a quienes elogia.


(6). Este es otro manuscrito original forrado en pergamino, sin principio ni fin, foliado desde el núm. 21 hasta el 96, rubricada cada hoja con estampilla, y algunos pliegos sueltos. Contiene las ordenanzas provisionales que formaron los pintores sevillanos para el arreglo de la academia, cuando la establecieron el año de 1660 en la casa lonja de Sevilla: las elecciones de presidente (que fue el primero Murillo) y las de los demás oficios: las subscripciones de ciento treinta y ocho profesores con sus firmas originales, que se obligaron a sostener a sus expensas los gastos de aquel establecimiento; y otras constituciones, autorizadas en papel sellado, firmadas en 5 de noviembre de 1673 compuestas de siete capítulos, que prescriben el orden de los estudios. Posee este precioso manuscrito el ilustrísimo señor D. Francisco de Bruna y Ahumada, del consejo y cámara de Castilla, y decano de la real audiencia de Sevilla, entre otras curiosidades de las bellas artes, que diré más adelante, y a cuyo favor merecí poder sacar una copia y otros auxilios para esta obra.


(7). Ocupa el primer lugar un libro que escribió en Zaragoza a mediados del siglo XVII Jusepe Martínez, pintor de Felipe IV y de su hijo D. Juan de Austria, intitulado: Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura, sus rudimentos, medios y fines que enseña la experiencia con los exemplares de obras insignes de artífices ilustres. Dejando aparte los elementos del arte, nos aprovechamos de las noticias históricas que comprehende de los profesores aragoneses y de los extranjeros que vinieron a trabajar en aquel reino. Las hizo sacar del original, que se conserva en una de las Cartujas de las inmediaciones de Zaragoza el señor D. Juan Antonio Hernández de Larrea, deán de aquella santa iglesia, celosísimo protector de los adelantamientos de la Real Academia de San Luis y de los útiles proyectos de la sociedad aragonesa, a ruego de su ilustre amigo el señor D. Felipe Ignacio Canga Arguelles, fiscal del consejo de Castilla, no menos interesado en los progresos de aquellos cuerpos, que en los de este diccionario. Siguen los documentos que acreditan los hechos que precedieron al establecimiento de la citada academia de San Luis desde que el escultor Juan Ramírez y otros profesores de Zaragoza formaron una escuela pública de dibujo; de cuando mereció la protección de los caballeros de aquella ciudad: de la formación de la junta preparatoria; y hasta que la sociedad facilitó la última mano, también debidos al señor Larrea. Los manuscritos del abad Gordillo, de D. Ambrosio de la Cuesta y Saavedra, del canónigo de Sevilla Loaisa, y de otros curiosos escritores. Los testamentos de Diego de Siloé, de Juan Fernandez Navarrete el Mudo, de Bartolomé Esteban Murillo, de Lucas Jordán y de otros varios profesores. Los trabajos inéditos de Francisco Pacheco y de Vincencio Carducho. Expedientes sobre el pleito del soldado en Valladolid: del que tuvieron los pintores con los alguaciles de corte en Madrid sobre no asistir a una procesión de semana santa, con quienes estaban incorporados en una hermandad en el colegio de santo Tomas; y en fin muchas partidas de bautismo, de casamiento y de entierro de artistas, que se buscaron para comprobación de los hechos.


(8). Con el auxilio del señor D. Josef Gil de Araujo, lectoral de la santa iglesia de Sevilla, muy aficionado a las bellas artes, del difunto penitenciario D. Rodrigo Bernaldo de Quiros, y del erudito y laborioso archivero D. Antonio San Martin, examiné el archivo de aquella catedral, en el que hallé cuanto podía desear sobre su fábrica y ornato. Vi el del monasterio de la cartuja de santa María de las Cuevas, y los de otros conventos, hospitales y parroquias de aquella ciudad: el del monasterio de padres jerónimos de Santiponce: el de la colegiata de Olivares: los de las parroquias de Lebrija y Marchena y de otras iglesias de aquel arzobispado: el de la catedral de Segovia; los de algunos conventos e iglesias de Madrid; y extracté cincuenta y tantos tomos de reales cédulas comunicadas a la real junta de obras y bosques, que existen en la secretaría de Estado, relativas al nombramiento de profesores del rey, a las obras reales que ejecutaron desde el tiempo de Carlos V hasta mediados del siglo XVIII, a los sueldos que gozaron y al precio de sus obras, con otras noticias interesantes, que por su autenticidad deshacen mil errores, que había adoptado la vulgaridad.


(9).  Soy deudor al señor D. Francisco Pérez Sedano, abad de santa Leocadia, canónigo y dignidad de la catedral de Toledo, de la generosidad con que me remitió un cuaderno de noticias que había sacado con mucha detención y cuidado por largo espacio de tiempo del archivo de su santa iglesia, del que resultan más de doscientos profesores de mucho mérito que trabajaron en el adorno de aquel gran templo, cuyas obras estaban atribuidas a unos pocos de gran nombre: lo soy al señor D. Buenaventura Moyano, ahora canónigo de Toledo, y gobernador de este arzobispado, de la diligencia que puso en extractar los autos capitulares de la catedral de Ávila, cuando era lectoral de ella: al señor D. Romualdo Mon y Velarde, deán de Córdoba, por las noticias de su iglesia, y del racionero Céspedes: al difunto obispo de Osma el señor D. Francisco Iñigo de Angulo por las de Burgos, cuando era deán de aquella metropolitana; al señor D. Joaquín Márquez Villalobos por las de Palencia, de donde fue racionero, y ahora canónigo de Sevilla: al señor D. Jacinto Roque Lorenzana, intendente de León, por las de aquella catedral: al señor D. Alonso Cañedo y Vigil, doctoral de Badajoz, por las de su iglesia: al señor D. Carlos González Posada, canónigo de Tarragona, por las de su metrópoli[ta]na: al señor D. Nicolás Rodriguez Laso, por las de los templos de la ciudad de Valencia, donde es inquisidor, y por las de Barcelona y otras partes de Cataluña: al señor D. Josef Vargas Ponce, nuestro académico de S. Fernando, por las de la iglesia de Murcia y de otros templos de aquella ciudad, y de la de Cartagena: al laborioso D. Marcos Antonio de Orellana, abogado del colegio de Valencia, por el extraordinario trabajo en extractar los artículos de las vidas de los artistas valencianos de una obra histórica de aquel reino que está escribiendo, y por haberlos remitido por mano de nuestra real academia de S. Fernando para insertar en este diccionario; y en fin a otros muchos aficionados interesados en el acierto de esta obra, y particularmente al excelentísimo señor D. Gaspar de Jove Llanos, que me comunicó todo lo que pudo encontrar en los monasterios e iglesias de Asturias, Castilla, la Rioja y Vizcaya.


(10). Sin embargo del excesivo número de pinturas y dibujos, que salió de España desde antes de la mitad del siglo XVII, todavía han quedado muchos y buenos cuadros, unos dispersos por las casas de los sujetos ilustres de las provincias, y otros reunidos en colecciones por los aficionados y gentes de buen gusto. Trataré muy por encima de las que examiné. D. Antonio Murcia fue el primero que juntó en Cádiz en estos tiempos algunos originales de Murillo, Cano, Luis de Vargas, Ribera, Tristán y Orrente con otros pequeños flamencos. Siguiole el señor O’Cruley [Pedro Alonso O’Crowley], que imprimió un libro de todas sus pinturas y antigüedades, y algún otro de aquella ciudad; pero el Señor D. Sebastián Martínez, hoy vecino de Madrid y tesorero general, excedió a todos en el número, en el mérito, y en la rareza de sus lienzos. Serán muy pocos los pintores afamados que hubo en Italia, Flandes, España y aun en Francia, de quienes deje de tener alguna obra; y se distingue esta preciosa colección de las demás del reino por el costoso aumento de diseños, estampas raras, modelos, y libros de las bellas artes. Todavía quedaron en Sevilla algunas reliquias del antiguo en el palacio del duque de Alcalá, llamado casa de Pilatos. El difunto conde del Águila formó en su casa un museo de pinturas, antigüedades y libros, que se conserva en el mismo orden, y es una parte esencial del adorno de aquella ciudad. Al gabinete del señor Bruna, de quien he hablado en la nota sexta, concurren todos los viajeros a celebrar sus pinturas, sus diseños, bajos relieves, vasos etruscos, y otras antiguallas, armería, historia natural, libros rarísimos y costosas preciosidades. Al celo y buen gusto de este respetable magistrado debe Sevilla el tener dos salones públicos en el real alcázar, adornados con buenos cuadros, que fueron de los jesuitas, con torsos de estatuas antiguas, hallados en la vieja Itálica, con inscripciones romanas, y con vaciados de los mejores yesos de la academia de S. Fernando. Son también apreciables las pinturas que recogió en poco tiempo el letrado D. Francisco Mendoza y Espinosa, con su trozo de historia natural, monetario, estampas modernas y costosas, y máquinas de física. El señor Caballero y Góngora, obispo de Córdoba, había formado una escogida colección de pinturas, pero su muerte impidió el restablecimiento de las bellas artes y del buen gusto en aquella ciudad; sin embargo quedaron el Sr. D. Cayetano Carrascal, tesorero de la catedral, el canónigo D. Francisco José Villodres, y el pintor D. Antonio Torrado, que conservan cuadros de los mejores profesores de Andalucía y de otras escuelas. Vi asimismo en Granada algunos de Cano, y de otros artistas de aquella ciudad, en poder de sujetos inteligentes y aficionados ; y acaba de establecerse en ella D. Manuel Martínez con una escogida colección de pinturas, que yo había visto en Cádiz. Observé las que juntaban en Toledo y Murcia algunos canónigos de sus pintores provinciales, el Greco, Prado, Carvajal, Tristán y Loarte, Orrente, Acevedo, Villacís y Senén Vila; y en Valencia las que habían adquirido los canónigos D. Juan Antonio Mayans y D. Vicente Blasco, el inquisidor D. Nicolás Rodriguez Laso, y algunos caballeros y comerciantes de Joanes, los Ribaltas, los Zariñenas, Espinosa, y de otros artistas de aquel reino. En Madrid las casas de los Grandes conservan mucha parte de sus antiguas colecciones. La de Medinaceli las estatuas, bustos, y relieves que vinieron de la casa de Pilatos de Sevilla, varios lienzos de Van Dyck, y del Spagnoleto; la de Santiesteban los cuadros y dibujos de Jordán, y de otros extranjeros y españoles: la de Alba las tres Venus de Ticiano, Correggio y Velázquez, aunque la primera parece ser de Jordán, la sacra familia de Rafael, y otros muchos flamencos e italianos: la de Altamira las cacerías de Rubens y de Pedro de Vos: la de Villafranca los lienzos de Procaccini y las pequeñas tablas de Van Kessel y Teniers: la de Medina Sidonia los del Guercino, Van Dyck y Solimena: la de Oñate los de los Veroneses; y en fin aumentaron las suyas la de Fernán Nuñez, Santa Cruz, Osuna y Montijo. Aunque faltaron en nuestros días las copiosas colecciones del príncipe Pio, del marques de la Florida Pimentel, de D. Pedro Franco Dávila, del Abate Pico y de D. Cristóbal de Luna, que examiné en distintas ocasiones, quedaron en esta corte otros muchos aficionados que cada día aumentan las suyas. El marqués de Santiago conserva los graciosos lienzos de Murillo: el excelentísimo señor Juan Pereira y Pacheco los muchos y buenos de varias escuelas: el ilustrísimo señor D. Bernardo Iriarte los de Van Dyck, Velázquez, Mengs, Murillo, Cerezo, y de otros españoles y extranjeros afamados: el excelentísimo señor D. Gaspar de Jove Llanos el boceto en grande del célebre cuadro de la familia de Velázquez con otros lienzos de Murillo, Cano, Zurbarán, Cerezo y Carreño: D. Nicolás de Vargas la numerosa colección que cada día aumenta con inteligencia ; y en fin las escogidas de la casa de los cinco Gremios mayores, de D. Fernando Serna, del barón de Casa Davalillo, D. Josef Joaquín Jiménez Bretón, D. Pedro Roca, D. Francisco Vives, D. Andrés del Peral, y de otros.


(11). Dice la nota XII del citado elogio al folio 160: “Entraría yo gustoso a investigar las causas de esta revolución, y a señalar su principio y progresos más detenidamente, sino supiese que me ha precedido en este empeño uno de aquellos literatos, que nada dejan que hacer a otros en las materias que ilustran, y cuyas obras llevan siempre sobre sí el sello de la perfección. El público tendrá algún día acerca de este punto y los demás relativos a nuestra arquitectura en las épocas de su restauración y última decadencia mucho más de lo que puede esperar, cuando el sabio y modesto autor de la obra intitulada: Noticia de los arquitectos y arquitectura de España desde su restauración, le haga participante del riquísimo tesoro que encierra. Los hechos y memorias más exactos: las relaciones más fieles y completas; los juicios más atinados e imparciales se encuentran allí escritos en un estilo correcto, inelegante y purísimo, apoyados en gran copia de documentos raros y auténticos, e ilustrados con mucha doctrina y muy exquisita erudición. Por eso nos abstenemos de propósito de entrar en tales indagaciones; pero mientras nos dolemos de que la nación carezca de esta preciosa obra, que un día le hará tanto honor, queremos tener el consuelo de anunciársela, anticipando al público tan rica esperanza, y al autor este sincero testimonio de aprecio y gratitud, a que su aplicación y talentos le hacen tan acreedor.