Torrigiano d’Antonio, Pietro di

De Diccionario Interactivo Ceán Bermúdez
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Torrigiano d’Antonio, Pietro di
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Especialidad Escultor
Nacimiento 1472 Florencia (Italia)
Fallecimiento 1528 Sevilla (Andalucía)
Cronología XV-XVI
Ciudad de trabajo Roma (Italia) Londres (Inglaterra, Reino Unido) Granada, Sevilla (Andalucía)
Ubicación en el diccionario Tomo 5, Página 63, Letra Letra T, Grupo Grupo TO


Torrigiano (Pedro) escultor. Aunque Vasari no ha dicho cual haya sido el nombre de este profesor, Benvenuto Cellini en sus cartas 12 y 13 y Francisco de Holanda en su libro De la pintura Antigua aseguran que se llamó Pedro. Nació en Florencia por los años de 1470, y fue discípulo de un viejo Bertoldo, que lo había sido del antiguo Donato. Desde muy temprano manifestó su talento extraordinario en la escultura, trabajando en barro figuras por originales que le prestaba su maestro. Como en aquel tiempo Lorenzo de Médicis, señor de gran afición y delicado gusto en las bellas artes, poseyese una gran colección de antigüedades griegas y romanas, de cartones, diseños y modelos de Donato, Masaccio, Bruneleschi, Uccello y de otros profesores, dispuso erigir una especie de academia en su mismo palacio, y nombró al viejo Bertoldo para que ordenase y custodiase aquellas preciosidades, y para que dirigiese a los jóvenes que hubiesen de concurrir a estudiarlas, y Torrigiano fue el primero que asistió presentado por su maestro. El Mecenas encargó a Dominico Ghirlandaio que llevase algunos de sus discípulos, y envió a Miguel Ángel Buonarroti y a Francisco Granacci, que eran los más adelantados que tenia y los de mejores esperanzas. Concurrieron despees Francisco Rustici, Nicolas de Domenico Soggi, Lorenzo di Credi, Juliano Bugiardiní, Baccio de Monte Lupo, Andrea Contucci. Ángelo Policiano y otros que restauraron las bellas artes en Italia y las propagaron por toda Europa.

Miguel Ángel, envidioso del talento de Torrigiano, aunque procuraba imitarle, no podía sufrir sus progresos. Jorge [ Giorgio ] Vasari, discípulo y elogiador del primero, dice que la particular estimación con que Lorenzo de Médicis le distinguía fue la causa de la enemistad y encono que le tenia el segundo; y añade que un día llegaron a las manos, con tal furia, que Torrigiano desbarató las narices a Buonarroti [ Miguel Ángel ] de una puñada. Pero el imparcial Cellini afirma que las supercherías de este fueron el motivo de la pelea, pues para Hacerse buen lugar con el Magnífico (así llamaban a Lorenzo de Médicis) incitaba a los demás jóvenes a jugar en el jardín, y cuando los veía así entretenidos se escapaba a dibujar, afectando aplicación. Sintió mucho el Mecenas la ofensa hecha a su predilecto, y a no haber huido Torrigiano precipitadamente á Roma, lo hubiera pasado muy mal en Florencia; pero halló buena acogida en el papa Alejandro VI, que le ocupó en la torre Borgia, trabajando estucos con otros grandes maestros.

A poco tiempo de estar en Roma sentó plaza de soldado en las banderas del duque Valentín, cuando la guerra contra la Romania. Pasó después a la de Pisa con Pablo Vitelli, portándose en ambas con espíritu y valor. Y habiendo fallecido Lorenzo el año de 1492, volvió a Florencia y siguió a su sucesor Pedro de Médicis en el asedio del Garigliano: hubo de hacer tales proezas que consiguió el grado de alférez, mas no pudiendo llegar a capitán, como deseaba, dejó la milicia y tornó a la escultura. Trabajó entonces varias figuras pequeñas en mármol y en bronce, y dibujó muchas cosas con fiereza y grandioso estilo, que fueron y serán muy estimadas en Italia.

A poca instancia de unos comerciantes de Florencia partió con ellos a Londres, donde hizo grandes obras en distintas materias para aquel soberano con preferencia a otros muchos profesores que había en la corte. Y cuando se creía que aprovechase esta ocasión para enriquecerse, quedándose en Inglaterra, prefirió el deseo que tenía de correr tierras y se vino a España. Supo que se trataba de erigir en Granada unos suntuosos sepulcros Para los reyes Católicos, corrió allá, y sin embargo de haber dado pruebas. de su gran saber en la medalla de la caridad, que está colocada sobre la puerta de la sala capitular en aquella santa iglesia [ catedral ], se prefirió a Felipe de Vigarny para la obra de los sepulcros, como algunos dicen, o se mandaron hacer en Génova, como quieren otros.

Por último la riqueza y el comercio de Sevilla le arrastraron a esta ciudad, destinada para su sepultura. Aquí, conforme a la exposición de Vasari, ejecutó un crucifijo [ Cristo crucificado ] de barro, la obra más admirable, dice, que había en toda España: otro crucifijo [ Cristo Crucificado ]: un san Jerónimo penitente con el león, copiando la cabeza del santo de un despensero viejo florentino, que había sido mercader; y una nuestra Señora [ Virgen ] con el niño, todo para el monasterio de los padres Jerónimos de Buenavista. Y añade, qué era tal la belleza de esta última estatua, que el duque de Arcos le encargó otra igual [ Virgen con el niño ], haciéndole grandes ofertas. Que habiéndola concluido, el duque le pagó con tan gran porción de maravedíes, que fue preciso que el Torrigiano cargase dos hombres para que se la condujesen a su posada, y que no conociendo el valor de esta moneda, creía haber hecho un gran negocio. Pero luego que un paisano suyo le explicó a cuanto ascendía, que no era a treinta ducados, montó en cólera, corrió al palacio del duque, y a su presencia hizo pedazos la estatua de la Virgen. Y concluye Vasari, que acusado Torrigiano de hereje por esta acción, fue preso, y que de la causa que se le fulminó resultó ser reo y merecedor de un gran castigo; pero acometido de gran melancolía, sin querer tomar ningún alimento, falleció en la prisión el año de 1522 antes de ser sentenciado.

Jorge [ Giorgio ] Vasari escribió la vida de este profesor en Florencia, muy distante de Sevilla, y además del empeño que ha manifestado en su escrito en degradar el mérito de Torrigiano para ensalzar el de Buonarroti [ Miguel Ángel ], hay muchos motivos para creer que pudo haberse engañado en su relación. No se halla en Sevilla el gran crucifijo que refiere, ni en el monasterio de Buenavista el otro que dice que también ejecutó, ni la estatua primera de la Virgen, ni aun tradición de haberlas habido jamás: solamente se conserva la de san Jerónimo. Por otra parte nada hay más cierto ni mas constante, que la magnificencia y prodigalidad con que los antiguos grandes de España han premiado el mérito y las obras de los artistas, y pudiéramos referir muchos ejemplos en su abono. Pero cuando el duque de Arcos no lo hubiese hecho así con Torrigiano, y fuese cierto el haberle pagado solos treinta ducados, que parece inverosimil, porque un hombre sólo puede cargar sobradamente con 330 reales en maravedises sin necesidad de dos, ¿es creible que por la acción de haber desbaratado. Torrigiano la obra que él mismo había hecho fuese acusado de hereje? De haber roto la estatua hay tradición entre nosotros por una mano excelente, asida a un pecho, que dicen fue de la Virgen, y anda vaciada entre los profesores con el nombre de la mano de la teta. Con todo, no podemos persuadirnos a que por esto haya sido preso, ni que se le haya hecho causa, sino por el exceso de cólera con que se haya comportado en la casa y a presencia de un personaje tan respetable como el duque de Arcos; y si se atiende al genio soberbio y poco sufrido del artista, porque se hubiese propasado en expresiones no correspondientes a la dignidad del duque.

Pero examinemos la estatua del san Jerónimo, que es de barro cocido y mayor que el natural, pues es lo que más nos interesa. Está desnuda, a reserva del pubis y de la parte superior de los muslos que están cubiertos con un paño excelente, y en una actitud sencilla, descansando sobre la rodilla izquierda, puesta en el suelo y sobre el pie derecho: tiene en la mano izquierda una cruz, que antes fue tosca, y después han pulido, añadiéndole un crucifijo de poco mérito, y en la derecha un canto con que se hiere el echo. Como está aislada en una gruta ancha y abierta por detrás, se goza por todas partes con sumo placer. Es muy difícil explicar el gracioso y respetable aire de la cabeza, que si fue retrato del despensero, a fe que habría sido muy galán cuando mozo, el grandioso carácter y belleza de las formas, la gallarda simetría, la devota y tranquila expresión, sin que la violente la fuerza del golpe en el pecho y la prudencia con que el artista manifestó la anatomía del cuerpo, huyendo de la afectación de Buonarroti [ Miguel Ángel ] en esta parte. Todo cuanto se ve en esta estatua es grande y admirable: todo está ejecutado con acierto después de una profunda meditación: todo significa mucho, y nada hay en ella que no corresponda al todo. Por tanto, no solamente es la mejor pieza de escultura moderna que hay en España, sino que se duda la haya mejor que ella en Italia y en Francia después de sus conquistas. No nos atreveríamos a proferir esta proposición si no la hubiésemos oído a don Francisco Goya, primer pintor de S. M., quien a nuestra presencia la examinó, subiendo a la gruta en que está colocada, en dos distintas ocasiones, deteniéndose en cada una más de cinco cuartos de hora. La gruta y el león no son de mano de Torrigiano. Se debe esperar que la comunidad de aquel monasterio, que tiene la gloria de poseer tan excelente estatua de su santo fundador, aproveche la habilidad del mejor grabador que haya en el reino con una lámina digna de tal obra, para que sus estampas hagan ver a los españoles y extranjeros el mérito de Torrigiano y el aprecio que hace de él la religión de san Jerónimo, depositaria de las más preciosas producciones de las bellas artes en el reino.

Vasari, Cellini, Francisco de Holanda, Carducho, Pacheco, Padre Olandi, Palomino, Ponz.

(Tomo V, pp. 63-69)

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